Plaza Loreto Local 30-B 1er Piso, Altamirano 46, Tizapán San Ángel, Álvaro Obregón, 01090 Ciudad de México, CDMX
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Viernes 12 de junio 18:00 hr Auditorio Fra Angélico
Decía el musicólogo Kurt Sachs que la danza es la madre de las artes. Y es que, en las civilizaciones más antiguas, la danza no era un mero pasatiempo; era una actividad muy seria para la tribu que acompañaba los acontecimientos fundamentales de la vida: nacimientos, matrimonios, fallecimientos, la siembra, la cosecha, la caza y la guerra.
Mucho antes de la existencia de los teatros, los estudios de danza o los espectáculos escénicos, el ser humano ya utilizaba el movimiento para comunicarse con los demás, con la naturaleza y con lo sagrado. A través de gestos, ritmos y desplazamientos colectivos, las comunidades expresaban sus miedos, esperanzas, celebraciones y creencias.
Estas primeras danzas fortalecían los lazos sociales, transmitían tradiciones y daban sentido a los momentos más importantes de la vida. Aunque hoy la danza ha adoptado múltiples formas, su esencia sigue siendo la misma: una poderosa necesidad humana de expresar, compartir y celebrar la experiencia de estar vivos.
Las danzas regionales o folklóricas son expresiones culturales que reflejan la identidad, las costumbres y los valores de una comunidad. A diferencia de las danzas rituales más antiguas, éstas surgieron en sociedades más recientes y expresan directamente formas de vida, creencias religiosas, ideas morales y modos de organización social propios de cada pueblo.
A través de sus movimientos, vestuarios, músicas y formas de interacción, estas danzas guardan la memoria colectiva de generaciones enteras. En ellas se manifiestan no solo las maneras particulares de entender y utilizar el cuerpo, sino también la historia, el carácter y la sensibilidad de quienes las practican.
Con el tiempo, las danzas folklóricas se han convertido en un importante símbolo de identidad cultural y en el medio que representa a una comunidad, una región o un país ante públicos nacionales e internacionales. Son un testimonio vivo de la diversidad cultural del mundo y del profundo vínculo entre la danza y la vida cotidiana de los pueblos.
Desde el siglo XV, en las cortes europeas se fue trazando el camino de la danza teatral. Las festividades de las casas nobles impulsaron el estudio y la profesionalización de esta disciplina. Así, llegamos a la corte del rey Luis XIV de Francia, quien por su devoción a esta forma de expresión fomentó el desarrollo del ballet, utilizando su poder para contar historias. En estos cimientos surge la forma de danza teatral que dará vida al ballet romántico.
Es el ballet romántico ese universo habitado por hadas, wilis, sílfides, náyades y otros seres femeninos fantásticos que, bajo un halo de luz de luna, nos transportan a mundos misteriosos y etéreos. Surge así el tutú, la danza en puntas y la idea de contar historias a través de la belleza del cuerpo, el ritmo y la música. La palabra se hace a un lado para que el movimiento hable por sí mismo.
El pintor Edgar Degas no pudo escapar a este hechizo y plasmó en su obra no solo la fantasía del escenario, sino también el esfuerzo, la disciplina y la atmósfera que rodeaban a las bailarinas antes y después de cada función. Gracias a su mirada, hoy podemos asomarnos a una época en la que la danza se convirtió en símbolo de poesía, elegancia y ensueño.
La corte zarista en Rusia, ávida de embellecer la vida cotidiana mediante el arte, destinó enormes recursos humanos, económicos y artísticos para convertir sus teatros imperiales en símbolos de magnificencia. En esta búsqueda fueron fundamentales los maestros franceses e italianos que llevaron a Rusia la tradición del ballet europeo y la desarrollaron hasta alcanzar un refinamiento sin precedentes.
Entre ellos destacó Marius Petipa, maestro francés que habría de convertirse en el gran arquitecto de lo que hoy conocemos como ballet clásico. Bajo su dirección, el ballet alcanzó una extraordinaria riqueza técnica y escénica: los movimientos se volvieron más virtuosos, las grandes formaciones de conjunto adquirieron una complejidad impresionante y la danza académica encontró muchas de las formas que aún se enseñan en las escuelas de todo el mundo.
Difícilmente podía imaginar que una invitación para trabajar en un país lejano y desconocido transformaría su destino y lo convertiría en una de las figuras más influyentes de la historia de la danza. Sus Ballets se convirtieron en modelos del ballet clásico y continúan cautivando a públicos de todas las generaciones.
Como todo cambio de siglo, el inicio del XX provocó una transformación en los gustos y las preferencias estéticas de la danza. Jóvenes artistas en distintos lugares del mundo comenzaron a cuestionarse si aquella forma tan rígida en la que se había convertido la danza teatral era realmente una libre expresión del alma humana.
Se buscaban nuevas maneras de transmitir emoción, sentimiento y pasión, sin necesidad de recurrir a largas y complejas historias. En esta búsqueda surgieron figuras fundamentales como Isadora Duncan, Loie Fuller, Mikhail Fokine, Bronislava Nijinska y George Balanchine, artistas que desafiaron las convenciones de su tiempo y ampliaron las posibilidades del movimiento escénico.
Gracias a ellos, la danza inició un camino de renovación que transformó para siempre su lenguaje. Entre la libertad expresiva de la danza moderna y la reinvención del ballet clásico a través de las corrientes neoclásicas, nació una nueva visión del arte del movimiento, cuya influencia continúa viva en los escenarios de todo el mundo. Las obras que veremos a continuación son herederas de esa revolución que redefinió la manera de entender y sentir la danza.
La década de 1960 estuvo marcada por profundos cambios sociales y culturales. Los jóvenes lograron un protagonismo nunca antes visto y encontraron en la música y la danza nuevas formas de expresión e identidad. En este contexto surgió el llamado baile a go-go, una forma de danza social caracterizada por su energía, libertad y espontaneidad.
A diferencia de muchos bailes de generaciones anteriores, el go-go no requería una pareja ni una secuencia de pasos muy complicada. Cada persona podía moverse de manera individual al ritmo de la música, tal como el espíritu de independencia y renovación característico de la época.
El a go-go no fue una moda pasajera, era una nueva manera de entender el baile: más libre, más individual y muy ligado a la cultura juvenil. Con el baile a go-go, la danza salió de los salones formales para convertirse en una expresión cotidiana de la juventud, abriendo las puertas para otras transformaciones culturales que definirían el final del siglo XX.
El crecimiento de las ciudades ha transformado profundamente la manera en que los seres humanos viven, se relacionan y expresan su creatividad. Como reflejo de ello, en el entorno urbano nacieron diversas manifestaciones dancísticas, creadas por comunidades que encontraron en el movimiento una forma de identidad, comunicación y pertenencia.
La urbanización ha dejado su huella en todas las artes, y la danza no ha sido la excepción. Las calles, plazas, parques y espacios públicos se convirtieron en escenarios donde nuevas generaciones desarrollaron lenguajes corporales propios, influenciados por la música, la moda y las dinámicas sociales de su tiempo.
Las danzas urbanas representan la energía, la diversidad y el dinamismo de la vida en la ciudad. Géneros como el hip-hop, el breaking, el popping, el locking y muchas otras expresiones contemporáneas nacieron del impulso creativo de grupos sociales que buscaban afirmar su voz y compartir sus experiencias a través del movimiento.
Hoy, estas danzas son parte de la cultura global y se mantienen en constante evolución y nos recuerdan que la danza sigue siendo un reflejo fiel de la sociedad y una maravillosa herramienta para expresar quiénes somos y cómo habitamos nuestro mundo.
La danza contemporánea comenzó a desarrollarse a mediados del siglo XX y continúa evolucionando hasta nuestros días. Nació como una búsqueda de nuevas posibilidades expresivas, permitiendo a los creadores explorar el movimiento con mayor libertad y romper las fronteras establecidas por los estilos tradicionales.
Aunque en sus inicios tomó elementos de la danza clásica, la danza moderna y el jazz, con el paso del tiempo ha incorporado influencias de múltiples formas de movimiento, tanto teatrales como populares.
Más que un conjunto de pasos o una técnica única, la danza contemporánea es un espacio de exploración artística donde el cuerpo se convierte en una herramienta para comunicar ideas, emociones y reflexiones sobre el mundo que nos rodea. Su constante capacidad de transformación la mantiene como una de las expresiones más dinámicas e innovadoras de la danza actual.
Liliana Mascareñas
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